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Noticia

2018-06-12

Dos décadas de vida del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes. (Por Catalo Bogado Bordón)

El Fondo Nacional de la Cultura y las Artes (Fondec) cumple este mes veinte años de vida. El 25 de junio de 1998, el Congreso de la Nación sancionó la Ley 1299/98 –que sería promulgada por el Poder Ejecutivo el siguiente 8 de julio–, que lo establece como entidad autárquica con personería jurídica y autonomía funcional para el cumplimiento de sus fines.

Muchos teóricos del siglo pasado sostenían que en ninguna parte del mundo las expresiones artísticas culturales se sustentan por sí mismas a través de los mecanismos del mercado: el Estado o la iniciativa privada debían subsanar los déficits. En Paraguay, en distintos momentos y por diversas vías, los creadores paraguayos han desarrollado sus habilidades sin apoyo del Estado. Y sabemos que, pese al desamparo estatal, los mejores embajadores que ha tenido nuestro país fueron siempre sus artistas. En el campo musical, por ejemplo, son innegables los aportes de Agustín Pío Barrios, José Asunción Flores, Herminio Giménez, Félix Pérez Cardozo, Alfonso Ramírez y tantos otros que, costeándose pasajes y alforjas, salieron instrumento en mano a recorrer el mundo y engrandecer con su arte el Paraguay espiritual.

Solo en muy contados casos el Estado ha ejercido algún discreto mecenazgo antes de esta ley, otorgando a unos pocos artistas –en especial, músicos– algún carnet policial o militar que les permitiera percibir un simbólico salario por animar reuniones oficiales o fiestas de generales. Pero esos auspicios estatales lejos estaban de respetar la libertad de los creadores y más bien los obligaban a concebir una cultura oficial que, concluyentemente, colmaba de chatura casi todas las expresiones artísticas «apoyadas».

Así, los artistas paraguayos que se quedaron en el terruño, «patria adentro», no solo no participaron de las corrientes culturales, musicales y literarias de signo libertario que recorrieron Hispanoamérica, sino que se vieron trágicamente privados del derecho de crear en libertad. Fueron tiempos en los que las clases política y económicamente dominantes del país evidenciaron, al volver indignos a sus artistas, su falta de interés por los proyectos culturales innovadores. Los que, aunque fuera tardíamente, intentaron participar de corrientes renovadoras, movimientos artísticos autónomos como el grupo del Nuevo Cancionero, además de no recibir las migajas del Estado fueron perseguidos política, económica y policialmente. Hoy, para asombro de propios y extraños, pues en la mayoría de las autoridades las viejas conductas anticulturales persisten, ningún artista recibe apoyo del Fondec a costa de su libertad, ni como ciudadano ni como creador; el trato ha sido siempre cordial y respetuoso. El auspicio estatal, a fin de cuentas, procede del dinero de los impuestos de todos los paraguayos, y los creadores lo retribuyen con bienes invaluables para la sociedad: música, poemas, sinfonías, esculturas, danza, teatro, festivales, ritos, cine, etcétera.

Retornando al inicio de este resumen, vale recordar, a casi medio siglo de las dictaduras de Higinio Morínigo y de Alfredo Stroessner, que después del golpe del 2 y 3 de febrero de 1989 el Estado tenía en sus manos la apremiante tarea de reconstruir la moral política de la nación garantizando las libertades de expresión y asociación, aunque, embelesado por cosas que parecían más importantes que la promoción de las artes, dejó pasar una década sin plantear una estrategia de desarrollo. Recién diez años después de la caída de la dictadura stronista, justicieramente llegó el Fondec con el propósito de estimular la creación y la difusión, incrementar el acervo cultural y buscar la profesionalización de los artistas en igualdad de condiciones mediante una financiación adecuada.

Desde su inicio, la misión del Fondec fue promover y financiar actividades culturales privadas, teóricamente en todo el territorio nacional de manera incluyente para consolidar la identidad cultural del Paraguay apoyando los proyectos de los artistas y de los artesanos. Lamentablemente, por falta de una verdadera descentralización, casi siempre la mayor parte de los recursos –el ochenta por ciento– se quedaba en Asunción y sus alrededores. Recién en estos últimos años se empezó a implementar una verdadera política de descentralización asignando a cada departamento del país parte de estos recursos y organizando cursos de capacitación orientados a los artistas del interior para elaborar y presentar sus proyectos.

A través de esta nueva política de la institución, se gestionó en todo el territorio nacional el rescate y el desarrollo de la identidad cultural paraguaya apoyando todas las expresiones artísticas –teatro, danza, ópera, zarzuela, pintura, escultura, grabado, literatura, escenografía, diseño creativo, fotografía, música, cinematografía–, además de festivales y expresiones populares y de los pueblos originarios, siempre dentro del respeto a la libertad de creación, pensamiento y expresión y a la igualdad de oportunidades para todos.

Hoy –y las autoridades deberían entender esto–, en el mundo globalizado, la última frontera de una nación es su cultura. Desgraciadamente, pese a los avances en la promoción de los postulados del Fondec y pese a los recientes éxitos a nivel nacional e internacional de algunos creadores, las autoridades siguen sin comprender que la cultura es una cuestión de soberanía y que la inversión (no gastos) en este sector es redituable incluso desde una perspectiva económica, pues ahí donde se estimulan el talento y la creatividad de cineastas, novelistas, poetas, pintores, escultores, bailarines y músicos capaces de trascender fronteras llevando su labor a otras latitudes, también se alientan la actividad turística y el intercambio cultural, y, a partir de este, el comercial.

En ese sentido, es incomprensible que el Estado paraguayo tenga al Fondec entre los sectores más escuálidos de su unidad de presupuesto. Comparándolo con otras instituciones (como el Instituto Paraguayo de Artesanía, el Centro Cultural de la República El Cabildo, la Dinapi o la Secretaría Nacional de Cultura), que no tienen ni su responsabilidad temática ni su cobertura a nivel nacional, el Fondec cuenta con hasta tres veces menos fondos.

Para graficar este grave desatino cabe señalar que el Fondec dispone de menos de cinco mil millones de guaraníes para cumplir su misión y que en el año 2016 recibió 357 proyectos culturales en diferentes disciplinas que requerían en total 13.137.489.608 guaraníes. Debido a lo limitado del presupuesto disponible, solo fue posible aprobar 196 de esos proyectos, que recibieron un total de 5.074 millones, quedando insatisfechos 161 proyectos que, sumados, requerían 8.043.489.608 guaraníes más.

En el año 2017, el Fondec recibió 445 proyectos que requerían para realizarse 16.653.699.824 guaraníes; solo fueron adjudicados 174, que recibieron 4.561.588.088 guaraníes (la totalidad del presupuesto), con un faltante de más de diez mil millones de guaraníes para satisfacer la demanda de los proyectistas. Y, como si esto fuera poco, el actual Gobierno, para cumplir su «Plan de ahorro», no tuvo mejor idea que recurrir al macilento presupuesto del Fondec y llevarse unos 328 millones dejando al Fondo Nacional de la Cultura y las Artes sin posibilidad de contar con una mínima estructura para atender la totalidad de las disciplinas que manifieste nuestra cultura.

En el imaginario internacional nuestro país ocupa un lugar preponderante no solo por ser heredero de una tradición milenaria constatable en sus comunidades nativas y su artesanía sino también por la jerarquía de artistas contemporáneos como los músicos mencionados más arriba, escritores de la talla de Elvio Romero, Bareiro Saguier o Roa Bastos, y, últimamente, jóvenes cineastas como Maneglia, Martinessi, Paz Encina y tantos otros.

En una sociedad que ha demostrado ser, cuando no hostil, apática ante las actividades artísticas, en buena medida porque los intereses del mercado prevalecen en nuestro medio sobre cualquier proyecto humanista, el Fondo Nacional de la Cultura y las Artes ha probado en sus dos décadas de existencia ser un instrumento necesario y eficaz para el fomento de las actividades culturales y artísticas. Gracias a esta noble institución el pueblo ha comprendido que trabajar por la cultura no es un oficio cualquiera. Que trabajar por la cultura es trabajar por la vida. Es reconocer lo que tenemos, protegerlo, divulgarlo y conservarlo. Por eso, para que pueda seguir con su misión de promover, difundir y financiar actividades artísticas privadas en todo el territorio paraguayo, el Fondo Nacional de la Cultura y las Artes requiere de las autoridades, como un regalo por sus veinte años de servicio, un renovado compromiso de apoyo a la cultura paraguaya.

catalobogado@gmail.com   

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